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¿Podemos definir, cuantificar, medir el Amor?

Una alteración del transportador de serotonina plaquetaria.

Desde las instituciones médicas y científicas quedan establecidos unos claros síntomas que verifican cuánto y cuándo estamos enamorados; a partir de las objetivaciones de nuestros afectos se produce la definición hegemónica del amor, limitándose al resultado de una alteración bioquímica que se expande hasta el último reducto simbólico. Una reducción a datos concretos que sólo explican y califican una parte de lo que experimentamos. Fragmentos que, estipulados a través de los niveles químicos de nuestro cerebro, especifican cómo el amor no es más que unos signos no tan alejados, como bien explicita el control médico, de cualquier otra adicción.

Ésta es la sintomatología reconocida del ‘enamoramiento romántico’ en el siglo XXI. Una medición objetiva del amor –aquel que surge en una pareja–, legitimada con un premio Nobel en química a Donatella Marazziti, directora del grupo de investigadores que descubrieron este indicador en el año 2000.

Producción de saberes verdaderos. Producción de discursos, verdades absolutas y síntomas legitimados por la disciplina científica.

Sin embargo, este sistema de objetivación de los afectos torna indistinguible las alteraciones derivadas del amor de aquellas provocadas por un trastorno obsesivo-compulsivo severo, tal y como muestran sus conclusiones. ¿Hasta qué punto pueden ser consideradas como manifestaciones diferentes dos casuísticas que comparten su sintomatología? Es decir, ¿podría ser considerado el amor un trastorno obsesivo-compulsivo [TOC]?

Clasificación, orden y control: cuerpos-ficciones-sociales desde los que obtener resultados, una utilidad, una eficacia… pero, ¿no es el amor precisamente inutilidad, desinterés, gratuidad?

La OMS reconoce a esta tipología de transtorno como una de las veinte enfermedades incapacitantes más habituales, relegando a los diagnosticados con TOC a la marginalidad, mientras que el amor se ha tornado eje del capitalismo semiótico y base compartida por las más dispares industrias contemporáneas.

Sólo podemos renunciar a la noción de certeza absoluta; el AMOR no podrá tener nunca una representación verdadera, porque éste, como mediador –yo-tu-nosotros– siempre implica un eterno movimiento y una constante búsqueda. Una emoción bajo una incapacidad para ser objetivada, salvo en fragmentos subjetivos. Subjetividad que nos impone no ser nunca idénticos a nosotros mismos, sólo cambio, metamorfosis, precariedad, que como el amor, será provisional, en un perpetuo vaivén.

El imaginario del amor se reduce hasta su forma mínima, colonizando toda representación con un ‘corazón’ sintético. Éste es el algoritmo que objetiva al omnipresente icono del amor, cuantificando la transformación a la que una esfera ha de ser sometida, en cada una de sus tres dimensiones, para convertirse en un corazón palpitante.  Objetivar su representación explicita la vacuidad de nuestros iconos, de igual forma a cómo objetivando nuestros afectos sólo evidencian la artificialidad de sus sistemas de medición.

Por ello, de lo único que podremos estar seguros es de nuestro latir, de nuestras experiencias y de cómo sentir en nuestra eterna búsqueda; de nosotros mismos y de nuestras emociones.

¿Y si el constructo del amor no es más que un mecanismo de explotación de unos afectos señalados como incapacitantes?

SED INÚTILES – ¡ENAMORAOS!

TítuloI ∴ YOU

TécnicaInstalación. Media Art

Año2017