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En 1769, Wolfgang von Kempelen fabricó El Turco; una magnífica simulación de un autómata cuya función era jugar y en la mayoría de los casos, ganar al ajedrez, contra un adversario humano. Y decimos una simulación, porque realmente tras la puesta en escena se hallaba un gran secreto; un ser humano escondido a la mirada del público era quien realmente jugaba.

Lo que Kempelen mostró y demostró en aquel momento, es algo que todavía a día de hoy con nuestra innovación tecnológica se evidencia; y es que un autómata sólo puede estar capacitado para simular lo propiamente humano. Éste, cuyo funcionamiento está basado en fórmulas matemáticas, ecuaciones y cálculos complejos, no puede aspirar a reproducir la esencia humana, teniendo en cuenta que cada individuo y sus acciones, pensamientos, actitudes y maneras de hacer son particulares, y donde entran en juego aquellas experiencias que dan lugar a diferentes maneras de estar y ser en el mundo. Un robot o un autómata, cuya naturaleza está basada en un razonamiento únicamente lógico; no puede ejecutar aquello que no le es propio.

De ahí, nuestro empeño principal; indagar en aquellas relaciones existentes entre ambos espacios. Para ello hemos fabricado un robot, cuya finalidad principal, esto es, el objetivo para el que ha sido programado, es realizar dibujos bidimensionales en espacios previamente determinados, dejando que sea éste el que a través del azar pueda decidir cuándo y cómo realizar su tarea, así como parar de ejecutarla. Pero este azar no es más que una pseudo-aleatoriedad, limitada por la propia lógica que rige el comportamiento maquínico del dibujante. La arbitrariedad es reducida a una secuencia circular de dígitos predeterminados, y aunque extremadamente extensa, la única decisión posible se reduce a decidir en qué punto de esa cadena numérica empezar y cuándo terminar la acción. El recorrido aleatorio es simplificado a una cuestión puramente repetitiva, y ante un recorrido de infinitas posibilidades, la libertad de acción se limita a dejar de actuar. En este caso, la capacidad de decisión se basa en ciertas fórmulas lógicas que, con mayor o menor precisión y con ayuda de mayor o menor tiempo en el desarrollo de su cometido, le dictarán unas formas determinadas de hacer. Así, lo resultante, una pieza dibujística en plena hibridación entre lo que podríamos entender propio de lo humano (el azar, lo imprevisible) y la máquina (lógica, precisión, lo predecible), queda al descubierto, como en el caso de El Turco, una ficción más de todas aquellas que conforman nuestras maneras de entender y ver el mundo.

In 1769, Wolfgang von Kempelen constructed The Turk; a magnificent simulation of an automaton chess player whose function was to play and, most of the time, to win chess with a human adversary. We say a simulation, because in fact, behind the setting lies a major secret; a real human chess master hidden from the public eye operating the machine from the inside.

What Kempelen shown and proven at that time, is something evidenced in our technological innovation today; and it is that an automaton can only be able to simulate the properly human. This, whose function is based on mathematical formulas, equations and complex calculations, can not aspire to reproduce the human essence, considering that each individual and his actions, thoughts, attitudes and ways of doing are particular, and where they come into play those experiences lead to different forms of living and being in the world. A robot or an automaton, whose nature is only based on logical thinking; cannot execute what is not its proper.

Thence, our main effort is to investigate the existing relations between the two spaces. Therefore we’ve built a robot whose main purpose, that is, the purpose for which it has been programmed, is to perform two-dimensional drawings in predetermined spaces, and through chance it gets to “decide” when and how to start and end running the task. But this chance is no more than pseudo-randomness, limited by the very logic governing the mechanic behaviour of the sketcher. The arbitrariness is reduced to a circular sequence of predetermined digit, and though extremely extensive, the only possible decision comes down to decide at what point in this numeric string to start and when to end the action. The random path is simplified to a purely repetitive question, and before a route of infinite possibilities, freedom of action is limited to stop acting. In this case, the ability of decision is based on certain logical formulas, with greater or lesser accuracy and using more or less time in the development of its mission, it will dictate by determined forms of doing. Thus, The result, a piece of drawing in full hybridization between what we could understand proper to the human (randomness, unpredictability) and the machine (logic, precision, predictability), is exposed, as in the case of The Turk, a fiction over all those that define our ways of seeing and understanding the world.

TítuloS1T Aleagrafías

TécnicaMedia art

Año2015